martes, 29 de mayo de 2012

Patética espera

Crónica de una patética espera.
Por Gaburah Lycanon

Día flojo de trabajo, salí de la oficina con pocos ánimos de existir demasiado. Pensaba en Bukoswky y la facilidad que tiene para desagradar a la gente, conozco pocos colegas del mundo de la literatura que lo soporten, menos que lo entiendan; me entremezclo tan fácilmente con gente como él, que pronto entendí qua hay demasiados “Bukoswskys” en el mundo, igual de insoportables e insufribles.

Avenida Arce, ciudad de La Paz, Bolivia. Estaba parado frente al Multicine, centro comercial muy frecuentado por jóvenes, púberes y adolescentes. Me paré en la puerta del centro comercial, encendí un cigarrillo y empecé a esperar a la persona que me citó para ver una película. Ella quería ver “The Avengers”. Me rehusaba a ver ese proyecto, pero terminé convencido por una sonrisa mínima.

Y allí estaba yo, con mi traje de pasante universitario, fuera del trabajo a una hora anormal y esperando a una chica. Miré en derredor, había grupos de muchachos y muchachas haciendo el típico escándalo de quienes se divierten, todos tenían dos cosas en común: eran flacos y de raza blanca. En el estacionamiento había autos aguardando a los chicos que me rodeaban, en algunos casos eran los padres, saliendo de su turno del trabajo para recoger a sus hijos, o hijas. Mientras miraba a la “bonita” gente pudiente de la burguesía paceña, un andrajoso vagabundo se me acercó y me pidió dinero; no pude hacer más que sonreírle y ofrecerle un cigarrillo, el sujeto agradeció y se fue. Miraba al oscuro vagabundo irse cuando noté las insólitas expresiones de asco de los niños que me rodeaban, no sé si sintieron náuseas del vagabundo, o de mi actitud hacia él; sospecho que sólo sintieron asco de mi fea cara y mi expresión de psicópata peligroso.

Seguí esperando, ella estaba retrasada. Vi a una joven parejita pararse a mi lado, de toda la plaza del centro comercial se tenían que parar justo a mi lado. Niño y niña estaban tomados de la mano. Compartían un helado mientras el chiquillo le decía cosas bastante pusilánimes a quien, por deducción, pensé sería su noviecita. Recordé el libro que publiqué el año pasado, el amor de cachorros, y sonreí para mis adentros. El muchacho se alejó un momento para comprar no sé qué y la niña me miró de reojo; desvié la mirada, ella me preguntó la hora, “cinco y media”, dije, “no le hablaba a usted”, respondió; noté que le hablaba a un sujeto que estaba detrás mío, imaginé que era su padre. El tipo me miró como si fuera un pedófilo violador y la chiquilla como si fuera algo que se sacó del trasero. Cuando regresó el muchacho, los tres se fueron muy felices en una camioneta Durango; sentí asco de las familias.

Pasó otro vagabundo, me pidió dinero, le di otro cigarrillo; el sujeto se fue, sonriendo. Seguía esperando, cuando lo noté ya me había quedado dos horas parado allí. En ese tiempo, un policía me obligó a alejarme del cajero automático porque debían cambiarle el dinero. Otra mirada de inmundicia, esta vez procedente de un traje verde olivo y una escopeta en las manos. También se topó conmigo un hombre de traje, notoriamente caucásico y yo creo que israelita, ni siquiera se disculpó por haberme atropellado. Un par de cholitas, de raza aymara, me pidieron irme más lejos porque tapaba sus puestos de venta. Cerca de donde me aposté fui desalojado por un técnico de raza negra, que quería arreglar las conexiones telefónicas, justo donde estaba parado. Terminé sentado en una banqueta, soportando las ambrosías amorosas que un par de adolescentes salpicaba sobre mi irritada mente.

Ya habían pasado dos horas y media, miré el reloj y mi cita no llegaba. Encendí otro cigarrillo y entonces la flama del mechero me hizo notar algo importante: “No tenía tal cita porque la chica que me citó no existía, en primer lugar. Eso lo inventé para evitar que mi jefe me diera trabajo extra”. Reí por lo patético que me sentí, abandoné el centro comercial y fui a casa a destapar un vodka, añoré el boxeo, pero esta noche le toca su turno al piano.