domingo, 5 de febrero de 2017

Las Crónicas del Supay (por Gaburah L. Michel)

Esta reseña es un pendiente ineludible que, por trabajo y otros quehaceres académicos, no tuve tiempo de realizar. Mas el tiempo por fin fue indulgente y me permitió una apertura para hablar (o mas bien escribir) sobre “Las Crónicas del Supay”.

Este texto llegó a mis manos como una cortesía muy gentil de su autora, Sisinia Anze Terán, quien me facilitó una copia dedicada durante una feria de autores organizada por el colegio Guido Villagomez Loma de la ciudad de El Alto el pasado año. Aquella jornada de literatura fue especialmente nutritiva para quienes tenemos el oficio de escribir. La interacción entre autores, lectores, estudiantes y maestros tuvo un buqué especial, quizá matizado por el dejo de misticismo que implicaba estar en el principal escenario de una de las novelas de terror boliviano más escabrosas que existe; y es que no es irrelevante mencionar que la unidad Guido Villagomez Loma es donde se desarrollan las masacres en la novela “La Puerta”, de Daniel Averanga. Era una jornada mística, lo era. Solo me faltó una botella de ron para matizar ese día lleno de eventualidades para el anecdotario.

Sobre “Las Crónicas del Supay”, puedo afirmar que el relato tiene una forma particular de mezclar el misterio con el revisionismo histórico. Es destacable el trabajo de investigación que realizó Sisinia en torno al origen de la cultura minera boliviana. Pero, ¿qué clase de cultura es esa? Para un boliviano, hablar de las minas del altiplano es tan doméstico como hablar sobre fútbol o política. Pero para quien está fuera de las fronteras bolivianas es bueno aclarar que la gente de las minas andinas está profundamente arraigada al temor y respeto al mismísimo diablo, ergo Lucifer, ergo el Tío. Se trata de una mezcla gnóstica de paganismo luciférico y devoción hacia una virgen que funge de amalgama entre lo maldito, lo terrenal y lo sagrado. Ciertamente Sisinia logró hilvanar un ensayo descriptivo muy pulcro en relación esta “cultura de las minas”; y más allá de eso, la autora no se conformó con solo describir aquello que es evidente, sino que se propuso indagar más allá con la finalidad de responder a una pregunta tácita y no verbalizada acerca de las minas bolivianas: ¿quién es el Diablo?

Hablar del Tío, Diablo o Lucifer desde una óptica abrahámica (sea cristiana, judía o islámica), queda fuera de todo contexto. El Tío de la mina no es algo que un semita pueda imaginar. Hay que ser particularmente hereje para indagar sobre la naturaleza perene y subterránea del Tío. “Las Crónicas del Supay” nos conduce hacia los orígenes del mito. Es un viaje hacia antiguos aquelarres de historias olvidadas, donde la desgracia y la muerte se pueden convertir en una oportunidad única de lograr la eternidad. Bajo esa guía argumental, el relato estriba sobre dos ejes narrativos. El primero de ellos, desarrollado en tercera persona y ambientado en el año 2015, nos describe la desdichada aventura de una turista que, por azares llenos de sentido, se extravía en una mina del cerro Sumaj Orcko de Potosí. Tal turista, buscando la salida de su naufragio forzoso en la mina, halla un antiguo diario el cual relata la vieja y larga historia de un hombre que llega de Europa. A partir de aquí el relato ingresa al segundo eje narrativo, planteado en primera persona y ambientado en la oscura coyuntura europea del año 1337. Este segundo eje de narración nos propondrá revisar la vida de un hombre de la alta alcurnia europea cuya familia perece durante la Peste Negra. Enfermo, este hombre es mordido por un ser sobrenatural que solo camina en las noches y necesita alimentarse de sangre para vivir. Aquella mordedura hará de nuestro personaje un ser inmortal que viajará a América para descubrir el increíble destino que le depara.

El ritmo del relato tiene puntos de inflexión concretos durante el desarrollo temporal de los hechos. Su cadencia marca una velocidad media determinada cuya característica es la contemplación de hechos históricos muy relevantes desde los ojos de nuestro inmortal personaje principal. Podemos encontrarnos con Leonardo Da Vinci, la Reina Isabel de Castilla, Cristóbal Colón, entre otros personajes famosos del fandome de los historiadores. Y mientras más se desarrolla la historia, el misterio va definiéndose hacia un horizonte concreto: América. Será, pues, en el Nuevo Mundo donde nuestro personaje inmortal hallará su lugar. Es en ese momento donde, al fin, es revelado el secreto de la identidad del Diablo. Un enigma pagano que solo un hombre inmortal puede revelar para nosotros.

A mi criterio, “Las Crónicas del Supay” tiene un dejo muy definido a Bram Stoker con tintes de Jeff Long durante su obra “El Descenso”. Todo aquello se mezcla con un sabor a Dick E. Ibarra Grasso, Antonio Díaz Villamil y una pizca de Robert Graves. En sí misma, la obra sabe a revisionismo histórico entremezclado con una metafísica proveniente de las profundidades de la tierra.

La forma narrativa es atractiva, la propuesta histórica es vertiginosa y la intención de Spin-off vampírico, sobrenatural y diabólico hace de “Las Crónicas del Supay” un relato de avance ágil. En lo personal quedé bastante satisfecho al finalizar la novela de Sisinia. Leerla es un buen pretexto para visitar al diablo y servirnos una copa de vodka y sangre para hablar sobre el ser humano y su naturaleza caótica. ¿Por qué leer “Las Crónicas del Supay”? Pues simplemente para viajar en la historia y enterarnos que pocas cosas son como los libros de historia las cuenta. ¿Saben qué más? Colón y sus exploradores fueron los últimos en descubrir América, pero fueron los primeros en atribuirse licencia de explotación libre. Pero claro, el Supay lo sabía, y llegó para observar a los hombres explotarse entre sí. Buen pretexto para tomarse un trago con él.




jueves, 13 de octubre de 2016

Entre el amor y la locura (por Gaburah L. Michel)

Ya más de una vez señalé que la literatura boliviana que tiene como hilo conductor, en su forma de narrar, paradigmas costumbristas, realmente me causa bastante antipatía. Sin embargo, no existen absolutos en el universo de las formas creadas. Del mismo modo en que la materia se puede convertir en energía según su aceleración, mi óptica del costumbrismo boliviano también puede cambiar según se construya el tempo/ritmo del relato. Y es ahí donde, justamente, aparece la obra de David Vildoso Lemoine; su último título: “Entre el amor y la locura”.

Si lo tuviera que describir con un ángulo imbuido en un buqué audiovisual, podría decir que en esta ocasión David trae a la palestra una novela muy Kuroshauniana, osease, un texto cuyo montaje parece sacado de la construcción dramática de 8/8 de Akira Kuroshawa (cineasta japonés). No se trata tanto de buscar un protagonista o un antagonista; no es una obra montada en una estructura 3/3 (principio, nudo, desenlace), típica aristoteliana, sino un trabajo con los eventos expuestos en un orden más complejo. La estructura narrativa de “Entre el amor y la locura” presenta una introducción, una exposición, un estímulo, una progresión, un clímax, un decrescendo, un desenlace y una conclusión. La progresión dramática no es abrupta, pero tiene unidad de acción, tiempo y lugar suficientes. Con disciplina hegeliana, Vildoso emplea el conflicto como piedra angular del drama sin recurrir a villanos. En todo caso, el romance en sus dimensiones idílicas es el conditio sine qua nom de este trabajo. Pero basta de tanta verborrea técnica.

Las escenas paisajistas, de tinte impresionista, que se plasman en “Entre el amor y la locura” obedecen a una mimesis espontánea, del arte imitando a la vida. Sapuchuy, pueblo donde se desarrollan la mayoría de las acciones de la novela, Sucre e incluso La Paz son descritas con oficio. En los últimos años, Vildoso ha ido puliendo su forma de decir las cosas hasta un punto en que su prosa presenta matices múltiples de exacerbación y sublimación. Su trabajo exhibe fino detalle de los escenarios y las emociones, de modo tal que es fácil evocar recuerdos propios durante la lectura. Cuando me tocó, al fin, leer “Entre el amor y la locura”, varias de las situaciones planteadas por David me llevaron a recordar escenas que viví en carne propia. Incluso tuve resquemores sobre mis propias relaciones afectivas de pareja. Y cualquier texto que pueda hacerme sentir aludido hacia mis emocionalidades es un texto que funciona para mí.

Una vez más, la forma narrativa de Vildoso, tal y como lo hizo con “El árbol que llora sangre”, me hizo mucho recuerdo a Benjo Chávez y su obra “Marienela”; solo que hay un aire mucho más maduro en “Entre el amor y la locura”, algo más cercano a Isabel Allende (no por lo comunista sino por lo utopista). Quizás la ausencia de malicia en esta última novela de David sea lo que le desposee cualquier atisbo de apología a la ironía, o a la comedia clásica llena de ires y venires. Es una novela juvenil, hasta cierto punto cándida, con profundos tintes criollos pero orientada al romance que bien puede ser trágico o utópico.

Si alguien me preguntase por qué vale la pena leer “Entre el amor y la locura”, yo solo respondería que es una lectura apelativa para quienes están aprendiendo a sentir emociones. O para quienes sintieron, dejaron de sentir y ahora, como un minusválido que tiene que aprender a caminar de nuevo, están intentando sentir nuevamente.

Gaburah L. Michel



lunes, 30 de noviembre de 2015

Nikola Tesla predijo en 1926 el smartphone con una precisión increíble


Nikola Tesla fue una de las mentes más brillantes de principios del siglo XX. Sin embargo, su legado nunca ha sido tan reconocido como ahora, cien años después. Además de enseñarnos a dominar la corriente alterna y de los inventos que descubrió antes que nadie, Tesla nos dejó multitud de predicciones que hoy siguen sorprendiendo.
El 30 de enero de 1926, el periodista John B. Kennedy entrevistó a Nikola para el programa de radio The Collier Hour. En un momento de la entrevista, el inventor predijo con una precisión asombrosa el smartphone actual:
“Cuando consigamos aplicar a la perfección la tecnología inalámbrica, toda la Tierra se convertirá en un enorme cerebro (…) Vamos a ser capaces de comunicarnos entre nosotros al instante, sin importar la distancia. No sólo eso: a través de la televisión y la telefonía vamos a poder vernos y escucharnos los unos a los otros tan perfectamente como si fuera cara a cara, aunque intervenga una distancia de miles de kilómetros. Y los instrumentos a través de los cuales podremos hacer esto serán increíblemente sencillos en comparación con nuestro teléfono actual. Un hombre podrá llevar uno en el bolsillo del chaleco”.
Por increíble que parezca, la cita es auténtica. Viene recogida en el libro Lightning in his hand: The life story of Nikola Tesla, una biografía publicada en 1964 (época en la que, evidentemente, tampoco existían los smartphones).
En la misma entrevista, Tesla habló sobre igualdad de género:
“Esta lucha de la hembra humana por la igualdad de género terminará con un nuevo orden sexual, con la hembra como superior. No será a través de la imitación física de los hombres como las mujeres conseguirán primero la igualdad y luego la superioridad, sino con el despertar de la inteligencia de la mujer”

sábado, 21 de noviembre de 2015

11 insultos del español antiguo que deberíamos volver a usar



1. Raspamonedas.
Ah, si hubiéramos conocido esta palabra hace unos años, en el momento álgido de la crisis y los escándalos económicos. Este insulto era habitual en la Edad Media, cuando los cambistas solían limar un poco el canto de las monedas y acababan juntando unos cuantos kilos de oro o plata. Llamar raspamonedas a alguien es decir que es un ladrón. De guante blanco, eso sí.

2. Tragavirotes.
Las palabras compuestas son perfectas para el insulto y por eso forman el grueso de esta lista. Son sonoras y muy visuales, y dejan al insultador mucho más satisfecho. ¿Quedarte en llamar a alguien “estirado” cuando puedes decir “tragavirotes”? ¡Nunca más! En la RAE todavía aparece la palabra, pero está claramente en desuso. No lo estaba en 1611, cuando aparecía definida en el Tesoro de la Lengua de Covarrubias como “los hombres muy derechos y muy severos, con una gravedad necia, que no les compete a su calidad”.

3. Lechuguino.
También continúa en el Diccionario de la RAE, aunque no se use tanto como en el siglo XIX y a principios del XX. ¿A quién podemos llamar “lechuguino”? A cualquier muchacho joven e imberbe que empieza a intentar seducir a mujeres hechas y derechas fingiendo ser mayor de lo que es. Pero no se lo llames a la cara al pobre, seguro que destrozas su todavía joven y delicado ego.

4. Zurumbático.
“Crónica del rey pasmado” es un gran título para un libro (y posterior película), pero podría haber sido todavía mejor: “Crónica del rey zurumbático”. El término, todavía recogido en el Diccionario de la RAE, proviene del portugués soombra< sorumbático, equivalente a “asombrado”. Eso sí, más en su acepción de persona con mala sombra y temperamento sombrío. Claro que hasta el más melancólico y pesimista tendría que esbozar una pequeña sonrisa al escuchar que alguien le llama “zurumbático”.

5. Trapisondista.
Dice la RAE que un trapisondista es una persona que “arma trapisondas o anda en ellas”. ¿Sigues igual? Quizá no hayas leído suficientes novelas de caballerías y desconozcas el Imperio de Trapisonda, en Asia Menor, que existió de verdad y fue luego absorbido por los turcos, y del que Don Quijote llegó a imaginar que lo coronaban emperador. Las trapisondas son las hazañas inútiles y los trapisondistas los enredadores, los que se meten en líos casi imaginados de los que no sacan más que otros problemas.

6. Pisaverde.
La forma clásica de referirse a los metrosexuales, aunque en este caso además de preocuparse por su acicalado personal son conocidos por la superficialidad de su carácter, por interesarse solo por los galanteos y por afectar elegancia. Por supuesto, normalmente carecen de fortuna. Covarrubias en el Tesoro de la Lengua (1611) explica de dónde sale el término: “La metáfora está tomada del que atraviesa en algún jardín (…) que por no hoxxar los lazos va pisando de puntillas”.

7. Badulaque.
Aunque ahora relacionemos la palabra badulaque con la tienda de Apu en los Simpson, el significado real, todavía recogido por la RAE, es “persona necia, inconsistente” o “impuntual en el cumplimiento de sus compromisos”. Lo que no está tan claro es cómo se pasó de la primera acepción de la palabra, el afeite que usaban las mujeres en la cara, al insulto (que todavía se usa con distintas acepciones en Argentina, Chile y Ecuador).

8. Ser de la cáscara amarga.
Esta expresión ha pasado por varios significados, así que podemos escoger el que más nos guste: los de la cáscara amarga eran en el siglo XVIII, según el Diccionario de Autoridades, “hombres traviessos y valentones, que presumen de pendencieros y alentados”. A partir del siglo XIX empezó a utilizarse para referirse, de forma peyorativa, a los progresistas, a esa gente de vida licenciosa que se pasa el día discutiendo ideas sin sacar mucho en claro.

9. Estafermo.
Los estafermos son pasmarotes constantes, personas “paradas y como embobadas y sin acción”, según la RAE. Aunque literalmente se esté diciendo que esas personas “están firmes” (viene del italiano “stá fermo”), en realidad se les está comparando con lo que en el siglo XVII eran los estafermos: una figura de un hombre armado, espetado en un mástil, al que en las carreras se le golpeaba para que girase y diese con sus armas al corredor que venía detrás.

10. Malquisto.
Literalmente, “mal querido”, un malquisto es alguien tan odioso y aborrecible que es rechazado allá donde va. Sigue en la RAE como “mirado con malos ojos por alguien” y se usa en distintas formas y derivados desde el siglo XIV. Existe también como verbo: deja de enemistarte con alguien y empieza a decir que os habéis malquistado. Por lo menos suena más interesante…

11. Viceversa.
¿Usar la palabra “viceversa” para insultar a alguien? ¡Puedes hacerlo! Los viceversas son esas personas indecisas que no saben qué hacer o pensar, que acaban siendo contradictorios y cambiachaquetas (otro gran insulto, si lo piensas). Según cuenta Pancracio Celdrán en su Inventario general de insultos, el responsable de empezar a usar el adverbio como insulto fue el historiador Modesto Lafuente, que en el siglo XIX solía decir que “España es el país de los viceversas” para hablar de sus compatriotas ilógicos y contradictorios.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Sobre el ganador del premio de novela Marcelo Quiroga Santa Cruz

(Una reseña escrita por Gaburah L. Michel)

Lo conozco hace ya seis años y luego de este tiempo de trato con él, he decidido que mi editor, Daniel Averanga Montiel, es un demonio de inframundo disfrazado de alteño. Uno de esos raros bichos que solo a Jeff Long se le pueden ocurrir y que parece haber emergido para dar testimonio del infierno más elemental, casi lovecraftiano, del cual proviene.

Luego de largos ocho años de esfuerzo, finalmente el trabajo de Daniel ha dado su primer fruto, traducido en el premio plurinacional de novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz”. Un veredicto por demás justo pues “La Puerta” es un relato para el que Averanga se ha tomado todo el tiempo del mundo. No lo maceró de la noche a la mañana, sino que fue producto de alcohol, hostias, sudor y vesícula. De las 19 obras postuladas, el jurado integrado por Martín Zelaya, Willy Muñoz, Andrés Laguna, Álvaro Pérez y Rodrigo Urquiola Flores, decidió otorgar por mayoría simple el premio a la obra escrita por Daniel. ¡Y ya era hora, carajo!

“El jurado destaca el trabajo polifónico en la estructura narrativa que sostiene a esta novela y las pinceladas de humor negro”, señala el acta del jurado. Y no es para menos, yo mismo aprendí la polifonía de Averanga, no por nada es mi editor. Ha sido finalista en cuatro ocasiones del Premio Franz Tamayo y publicado varias antologías con editorial 3600 y El Cuervo. “Gritos Demenciales” y “Nuevos Gritos Demenciales” son dos esmerados trabajos en pro de la narrativa de terror, compendios bien armados que Averanga impulsó con toda la intención de afligir las almas de los mortales. “Vértigos”, antología de cuento fantástico boliviano es otro trabajo disciplinado de Daniel que, como antologador, logra sacar lo mejor de los autores a quienes llama a sus antologías. Todo este curriculum sin duda habla de un compromiso con la literatura.

Conociéndolo, sé que ahora mismo Daniel debe estarse regodeando con los elementales del infierno, abisales y ciempiés carnívoros en la morada de Cthulhu; este merecido premio lo seguirá incentivando a llenar de pánico las páginas del ideario literario boliviano. ¡Y que así sea! Sin importar lo controversial que pueda ser él como autor, o su trabajo; más allá de las antologías y las paranoias; este sujeto diabólico tiene una misión y un compromiso con el caos. Eso es parte de la literatura de terror, es parte de lo que escribe. Por eso, brindo esta noche propicia por el ganador del premio “Marcelo Quiroga Santa Cruz”. Hágase la oscuridad.