viernes, 30 de mayo de 2025

El error metafísico: una crítica desde el materialismo crítico existencial

 


Como alguien que ha vivido y sobrevivido en el pensamiento mágico, y haberlo superado pagando el alto costo que eso significa, algunas cosas aprendí sobre el fondo de la metafísica. Creo que es el momento de ir aclarando las cosas y trataré de manejar este asunto con rigor académico. Si alguien tiene argumentos para discrepar sobre esta reflexión, puede expresarse con el mismo rigor académico y tendremos un buen debate. Caso contrario... ya saben. Vamos allá.

“La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia”. Bajo esa premisa, toda clase de interpretación mística o metafísica de la realidad ha intentado justificarse como verdadera. Dioses, almas, fantasmas, energías, planos trascendentales o la vida después de la muerte han sido elementos simbólicos fundamentales en el modo en que el ser humano ha lidiado con su entorno desde tiempos ancestrales. En efecto, desde el Paleolítico, el pensamiento mágico ofreció una narrativa cohesionadora para enfrentar la incertidumbre y el sufrimiento, especialmente en una existencia corta, violenta y marcada por la ignorancia. Estas construcciones cumplían funciones adaptativas, psicológicas y sociales; pero que hayan sido útiles no implica que hayan sido verdaderas.

La mente humana evolucionó con una propensión a detectar patrones incluso donde no los hay, y a atribuir intencionalidad a los fenómenos naturales, como mecanismo de supervivencia. Pascal Boyer (2001) y Justin Barrett (2004) argumentan que esta tendencia cognitiva, conocida como HADD (Hyperactive Agency Detection Device), hizo que los humanos vieran voluntad e intención incluso en el trueno, el fuego o la enfermedad. Desde una perspectiva evolutiva, resultaba preferible asumir que algo desconocido tenía agencia (por ejemplo, un depredador oculto) a correr el riesgo de ignorarlo. Así, el pensamiento mágico fue una forma primitiva de heurística cognitiva.

Este patrón persiste en la mente moderna. Michael Shermer (2011), en The Believing Brain, sostiene que los humanos primero creen por motivos emocionales o intuitivos, y luego construyen explicaciones racionales para justificar esas creencias. La tendencia a vincular causalmente eventos sin fundamento lógico –lo que él denomina patternicity– es inherente a nuestra arquitectura cerebral. No obstante, el desarrollo del pensamiento científico ha permitido separar progresivamente las explicaciones naturalistas de las sobrenaturales, empujando a estas últimas fuera del dominio de lo explicable.

En este marco, el principio de parsimonia o navaja de Ockham cobra relevancia. Según esta regla metodológica, no se deben multiplicar las entidades sin necesidad. Las explicaciones que presuponen la existencia de agentes invisibles, inteligencias superiores o propósitos trascendentales violan este principio al introducir causas innecesarias. Carl Sagan (1997) resume esta exigencia con precisión: “Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. En la misma línea, Bertrand Russell ilustra la irracionalidad de exigir evidencia para negar lo indemostrable mediante su analogía de la tetera: no corresponde demostrar la inexistencia de una tetera invisible girando alrededor del Sol, sino que quien la postula debe probar su existencia.

Desde la neurociencia, Antonio Damasio (1994) refuta las bases dualistas de la filosofía cartesiana. En El error de Descartes, argumenta que la conciencia, las emociones y la identidad personal son funciones del cerebro encarnado, no de un alma inmaterial. Esta evidencia refuerza la tesis materialista según la cual lo que consideramos mente o espíritu no es sino una serie de procesos bioquímicos complejos. A su vez, Jacques Monod (1970) en El azar y la necesidad niega toda finalidad intrínseca en la naturaleza, describiendo al ser humano como producto ciego de mutaciones genéticas y selección natural. Según Monod, “el hombre al fin sabe que está solo en la inmensidad indiferente del universo”, y de ello deriva una ética del conocimiento basada en la lucidez y no en la esperanza.

La afirmación frecuentemente citada –“la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia”– solo tiene validez cuando se refiere a realidades cuya detección podría estar limitada por la tecnología o el acceso empírico. Pero no es válida cuando se aplica a afirmaciones que deberían dejar huellas observables si fueran ciertas. Como argumenta Victor Stenger (2007) en God: The Failed Hypothesis, si la existencia de un dios o agente sobrenatural tuviese efectos verificables en la realidad (curaciones milagrosas, intervención directa, manifestaciones físicas), estos deberían poder medirse. En su ausencia sistemática, la hipótesis no solo es innecesaria, sino que puede ser descartada por inverificable.

Desde esta perspectiva, el materialismo crítico existencial sostiene que el error metafísico consiste en mantener como válidas interpretaciones heredadas que no resisten el escrutinio racional ni el contraste con la evidencia. La persistencia de lo metafísico se explica por su poder psicológico, no por su veracidad ontológica. La humanidad ha confundido por siglos el consuelo con el conocimiento, y ha sacrificado la comprensión del mundo real por narrativas que le otorgaban sentido. Pero en tiempos donde la neurociencia, la cosmología y la biología han desmitificado las bases de la existencia, insistir en hipótesis metafísicas equivale a sostener una superstición romántica: una forma de nostalgia ontológica.

No existe evidencia empírica replicable ni falsable de que haya una inteligencia superior que haya diseñado el mundo o que nuestra conciencia trascienda la muerte. Tampoco existe evidencia de alguna finalidad inherente en la estructura del cosmos. A lo sumo, hay relatos simbólicos que responden a la angustia humana frente al sufrimiento y a la muerte. Pero estos relatos no deben confundirse con explicaciones válidas del mundo. El materialismo crítico existencial parte de esta lucidez trágica: no hay propósito, no hay dirección, no hay plan. Hay azar, materia y conciencia emergente. Todo lo demás son ficciones necesarias, pero ficciones al fin, y es hora de asumirlas como tales.

 

Bibliografía

Barrett, J. L. (2004). Why Would Anyone Believe in God? AltaMira Press.

Boyer, P. (2001). Religion Explained: The Evolutionary Origins of Religious Thought. Basic Books.

Damasio, A. (1994). Descartes' Error: Emotion, Reason, and the Human Brain. Putnam.

Monod, J. (1970). El Azar y la Necesidad. Éditions du Seuil.

Russell, B. (1952). Is There a God? In Illustrated Magazine (publicación póstuma).

Sagan, C. (1997). The Demon-Haunted World: Science as a Candle in the Dark. Ballantine Books.

Shermer, M. (2011). The Believing Brain: From Ghosts and Gods to Politics and Conspiracies—How We Construct Beliefs and Reinforce Them as Truths. Times Books.

Stenger, V. J. (2007). God: The Failed Hypothesis—How Science Shows That God Does Not Exist. Prometheus Books.


jueves, 29 de mayo de 2025

Un mensaje en una botella arrojada al mar

 

Si dijese que finalmente terminó dándose un final obvio ante la crónica de una vida sesgada, estaría siendo muy indulgente con mis días pasados. Este espacio ha tenido muchos tintes y colores a lo largo de los años. Existe desde el 2008 y en ese tiempo, el Círculo de Amatista fue una cosa u otra. Hoy es, además de un empredimiento editorial, la botella que lanzo al mar con un mensaje que no busca lector alguno.

Ciertamente no espero ser leído y no por una voluntad kafkiana respecto al oficio de las letras, sino porque entendí el desajuste existente entre la posmodernidad presente, y la reflexión cruda. Y yo sé que en el pasado, este estuvo repleto de entradas conspiranoicas de OVNIS y Nazis, entre otras cosas aún más exóticas. Pero todo ello es un pasado del cual aprendí lo suficiente como para no volver a cometer los mismos errores. 

Lo cierto es que tengo plena consciencia y seguridad sobre mis días contados, voy a morir tarde o temprano y, fracamente, espero ese día con mucha ilusión. Cuando finalmente haya expirado de este mundo, nadie extrañará mi partida más allá de un velorio y un funeral. Y eso es realmente bueno, no quiero el luto de nadie. Pero quien se sorprenda de mi modo, día y lugar de muerte, será porque no me conocía lo suficiente. Anhelo la muerte, la deseo casi eróticamente, así como Thanos y Deadpool la desean. ¿O no? Qué carajos estoy diciendo. Solo quiero morir pronto, pero eso es un eufemismo de lujo para reducir el dolor de una lucidez filosófica terrible y siniestra. 

La verdad es que no tengo la verdad, solo tengo mi experiencia sentida, mis cognisciones y discernimientos. Y en medio de todo ello, mi deseo de dejar un mensaje que perdure al menos un poco más que mi corporalidad terrena. El día que ya no esté en este mundo, quizá los bisnietos de mis sobrinos visiten estos párrafos y entiendan porqué su tío abuelo había decidido morir con tanta determinación. Aunque ese día, el de mi abandono de la vida, a la fecha de publicar la presente entrada, aún no está tan próximo como desearía.

Sea como fuere, este será el testimonio de un sistema filosófico que he logrado hilvanar tras años del más inenarrable sufrimiento. Y a lo largo del tiempo y las entradas de blog que publique, iré explicando aquello que me llevó a decidir morir y cómo la realidad es reductible a factores lógicos que dan una sola posible conclusión: la existencia es una tragedia que dura solo mientras uno está vivo, en la muerte espera el descanso de la nada.

viernes, 3 de noviembre de 2017

El Libro de las Sombras (por Gaburah L. Michel)

Es innegable que el autor del “Libro de las Sombras” tiene una opinión antagónica de los Nacional-Socialistas Alemanes (Nazis), respecto a la que los hiperbóreos promedio suelen tener. Asimismo, el “Libro de las Sombras” puede hallarse en contradicción con ciertas estratagemas de la Gnosis Hiperbórea. Pero a pesar de estos ismos de forma, la obra de Ronald Rodríguez es mucho más que sombras y con una fuerte ascensión hiperbórea desde el mismo momento de reconocer la existencia de un Demiurgo, bastardo o no.

Este tomo de la “Hyperrealidad”, propuesta por Rodríguez, verte sobre la consciencia colectiva una serie de símbolos y sus significaciones dentro del mundo de la nada. Como una especie de analogía a las aristas y los ángulos en las runas vikingas, propuestas como la representación sígnica de la Lengua de los Pájaros. No nos hallamos frente una obra meramente literaria, sino ante un texto gnóstico en todas sus proporciones.

El relato nos abre las puertas a los eventos acontecidos a una serie de personajes entre los que destaca un adolescente, un policía boliviano, un militar Nacional-Socialista (Nazi), un empresario logiero; y la que es, en mi opinión, la más significativa representación sémica de la obra, una mujer con un auténtico registro multiverse de incontables vidas en diversos tiempos y espacios. En medio de esta orquesta de eventos, Rodríguez nos presenta a los guardianes de la sabiduría antigua y los seres que saltan entre universos para encontrarse con la fuente de la verdad última. La obra es una verdadera locura que pone al lector agudo al filo de su propia conciencia, y al lector lego, en el entredicho de la confusión.

Literariamente hablando, el “Libro de la Sombras” tiene no uno, sino múltiples ejes narrativos con arcos argumentales abruptos en medio de una larga metáfora expresionista con dejos abstractos. El que el autor emplee un lenguaje tan oblicuo con sentidos cifrados no es, de ninguna forma, un capricho barroco. No se puede hablar de gnosis sin profundizar en la semiología que la precede. Por lo mismo, la obra de Rodríguez nos presenta situaciones mundanas en un estilo brutal y siniestro. Tal como lo harían los expresionistas alemanes del siglo XX, el “Libro de la Sombras” no aspira imitar la realidad, no analiza causas ni hechos, sino que el autor busca la esencia de las cosas, mostrando su particular visión. La obra se adentra en la existencia humana poniendo de forma explícita su aspecto más terrible y descarnado, adentrándose en temáticas como la sexualidad, la enfermedad y la muerte; y enfatizando aspectos como lo siniestro, lo macabro, lo grotesco. Se siente un tono épico, exaltado, renunciando a la gramática clásica y a las relaciones sintácticas lógicas, con un lenguaje preciso, crudo, concentrado.
 
Me impresionó profundamente la similitud entre la obra de Ronald Rodríguez con la de los expresionistas Georg Büchner y Frank Wedekind. Pero allí subyace un elemento aún más abstracto puesto que el “Libro de las Sombras” tiene un profundo dejo a Frank Miller. En variados párrafos es inevitable evocar a “Sin City” cuando el policía protagonista de la obra realiza sus brutales masacres. El agente Mateo Bryce es como un Marv maquiavélico y excitado en medio de la Ciudad del Pecado. Otros parajes se sienten como Lovecraft mientras que en otros salta a la mente la mismísima Belicena Villca. Mientras Ximena, actriz y protagonista de la narración, va saltando entre universos, los antiguos se manifiestan desde inescrutables agujeros anamnésicos para hacer su emergencia en la esfera consiente.


Desde muchos ángulos, el “Libro de la Sombras” puede constituir una obra nutritiva, pero es requisito básico detentar una predisposición gnóstica para hallar la sustancia de la obra. Fue sustanciosa para mí, y estoy seguro que lo será también para otros.      

jueves, 2 de noviembre de 2017

La Puerta (por Gaburah L. Michel)

De Bosnia-Herzegovina a Japón, de Ruanda a Estados Unidos, de Bolivia hasta el mismísimo infierno; me fui dando cuenta, mientras leía “La Puerta” de Daniel Averanga, que la multitudinaria fauna de pesadillas que habita el planeta Tierra no se limita únicamente a la imaginación del ser humano, sino que esa espesura de maldad, dolor y martirio es tan palpable como nuestros propios cuerpos. Asumí entonces, por signos inefables, que Daniel decidió empezar su novela con ese toque turístico en cuyo paquete queda incluida la visita al museo de los fetiches más retorcidos de maníacos y psicópatas, para capturar a los incautos que hacemos turismo en el inframundo. Es de esa manera que empezó la novela, fue así como me capturó; viajando por las pesadillas de cada continente.

Lo que vino después tenía sabor a localía, a esa incidente paranoia hacia lo arcano, lo megalítico y ancestral. ¿Qué podría esperar uno al abrir una puerta? Existen miles de posibilidades, pero jamás alguien podría esperar que la muerte coexista dentro de la misma puerta, abyecta en su ser como un parásito purulento, totalmente ajena a los umbrales que la rodean. Y claro está, nada mejor que rememorar la niñez para recordar el porqué de todos los miedos. Entonces ahí estaban, un grupo de niños en un aula de una maldita escuela de Ciudad Satélite, rodeados de una maldad y corrupción como solo a Cthulhu podría ocurrírsele. Un asesino de apellido con dejo italiano, totalmente servil a la causa de la nigromancia. Adolescentes e infantes masacrados bruñendo las garras del demonio. Y un misterio, un gran misterio.

Cuando recuerdo los días de tétrica compañía que viví junto a “La Puerta”, no puedo evitar rememorar “El Descenso” de Jeff Long, o “La casa en el confín de la tierra” de Hope Hodson; lo digo porque cada una de estas obras es poseedora de una médula linfática en común: lo sobrenatural. Médula por que el hilo conductor siempre estriba en el enigma de lo atávico, y linfático por la inminente presencia del cuestionamiento a lo existente desde el ángulo de la muerte, eso en desmedro de la sangre dadora de vida. Es linfa, pura linfa; “La Puerta” es ese escalofrío atestado de macrófagos que terminarán, tarde o temprano, por coagularte el alma durante unos segundos. Entonces el misterio empieza a respirarte, a usarte como hematíes para alimentar su propia postura de sentido. Frente a ti está aquello que niegas ver de frente, estás ante la maldad, y entonces existe esa puerta endemoniada cuyo aspecto descuidado no inspira sospecha desde el inicio. Es así como la lectura sigue su curso y entonces, cuando menos lo esperas, resulta realmente complicado dejar de leer. No, no logras detenerte. No porque Daniel haya seguido meticulosamente una disciplina narrativa que siempre funciona. No es por el hecho de llegar al trasfondo de las muertes, las torturas y las masacres. No es por tratar de vislumbrar un desenlace que acabe con la pesadilla. Se trata de algo mucho más inmerso en lo paranormal.

Quizás “La Puerta” de Daniel Averanga sea un libro maldito. Es posible que los demonios
que fueron invocados en las páginas de esa obra se rehúsen a ser postergados a la imaginación del lector. No importa saberlo. Los cerdos-humanos de Hodson y los abisales de Long hacen uso y abuso del lector para trascender al mundo de los vivos; por eso mismo, siendo totalmente parapsicológico en esto, podría jurar que el demonio que habita en “La Puerta” hará algo muy similar con sus lectores. Es un riesgo realmente seductor, muy seductor. Recordaré eso, como aprendiz de escritor, cuando me toque dejar “mala leche” en aquellos que compartan mis pesadillas. El resto se lo dejo a Daniel, después de todo él es el experto en terror, masacres, muertes, sufrimiento, demonología y otras oscuridades.

   

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Entrevista en AbyaYala


Una entrevista gentilmente convocada por Saraí Amoros para Abya Yala de Televisión a propósito del inicio de operaciones del Círculo de Amatista Ediciones.